La prensa dice

27 oct
2007

Amor de hombres, por Juan Manuel de Prada

He aquí una de esas obras que toda literatura pujante procrea, como flores que crecen inadvertidas en los márgenes de un camino flanqueado por árboles tan frondosos y esbeltos que su contemplación nos impide dirigir la mirada al suelo. Obras si se quiere menores a las que el tiempo incorpora una legión dispersa de admiradores que les dispensan su culto.

Editor de «The new yorker». A William Maxwell (1908-2000) le tocó compartir terreno con muchos árboles esplendorosos; con muchos de ellos, incluso, desempeñó tareas de jardinero: desde que en 1937 asumiera el cargo de editor de ficción de The New Yorker, hasta que lo abandonase cuarenta años más tarde, fueron innumerables los maestros de las letras americanas que hallaron en Maxwell un consejero más o menos benévolo. Paralelamente, Maxwell cultivó con primor su propio huerto; pero nunca consiguió hacerse notar entre tantos coetáneos rutilantes a quienes brindaba las páginas de su revista. Tantos años después, mientras muchos de aquellos coetáneos apagan su fulgor, Maxwell ha logrado mantener encendida una llamita que nunca declina, como esos santos de las capillas laterales de una iglesia, santos de nombre casi indiscernible a quienes nunca falta sin embargo la vela de un feligrés devoto.

Y, en honor a la verdad, Maxwell merece esa devoción: recogida, nada estrepitosa, confinada en los márgenes de los happy few. La obra que ahora comentamos, La hoja plegada (con un título tomado de un poema de Tennyson que nos habla del implacable paso del tiempo), así lo solicita. Es la novela típica de un escritor menor dotado de una muy sutil sensibilidad; también la de un escritor que conoce su oficio desde el otro lado del espejo, como editor y crítico, hasta el extremo de ser demasiado consciente del mismo. Este conocimiento lo torna en ocasiones demasiado académico, en ocasiones demasiado circunspecto; hay algo, en definitiva, que coarta su vuelo, que le impide arrebatarnos, que lo aleja de la grandeza.

En la propia concepción narrativa de La hoja plegada rastreamos enseguida una excesiva propensión a la estampa, a la captación del instante, que le resta brío: Maxwell parece preocupado, antes que por ofrecer lo mejor de sí, por extraer lo más decoroso o premeditado de sí, como si le horrorizara que lo mejor fuese acompañado de la ganga. Pero, al descartar esa ganga, descarta también un ingrediente que lo convertiría en un escritor de excepción.

Fraternidad espartana. Los protagonistas de La hoja plegada son un par de muchachos que crecen en un barrio modesto, a las afueras de Chicago. Uno de ellos, Lymie Peters, es enclenque, introvertido, huérfano de madre, diana de los escarnios de sus compañeros de clase, a quienes sin embargo aventaja en inteligencia. El otro, Spud Latham, es un estudiante remolón pero soberbio atleta, expansivo, que provocará un deslumbramiento instantáneo en Lymie. Un deslumbramiento que tiene algo de sumisión, de adhesión lacayuna; pero que, enseguida lo comprobamos, es el origen de una fluencia recíproca, pues Lymie encontrará en Spud un refugio emocional y también una vía de aceptación social. A medida que el encanto de Spud crece, la amistad entre los dos muchachos se intensificará; poco a poco, se ha creado entre ellos una suerte de fraternidad espartana.

La novela admite una lectura en clave homosexual; pero se trataría, a mi juicio, de la lectura más ramplona. Lymie venera a Spud; y Spud le corresponde con una admiración protectora: esa aleación de afectos depara una amistad ideal, la amistad viril con la que los hombres siempre hemos soñado, la amistad que se cree autosuficiente y contempla a la mujer -recordemos el cuento de Borges- como una intrusa. Naturalmente, esa intrusa acaba socavando su amistad, acaba haciéndola añicos. La novela de Maxwell, conviene afirmarlo, no es misógina; nos habla de un asunto universal que la literatura ha tratado con profusión: nada importa tanto a dos hombres como su amistad; y nada les importa tan poco cuando irrumpe una mujer dispuesta a destruirla, una mujer por cuyo amor ambos están dispuestos a traicionarse.

La vorágine de los celos. En La hoja plegada, esa mujer que actúa como catalizador del drama prefiere, por supuesto, a Spud. Lymie se zambullirá entonces en la vorágine de los celos; también en otra vorágine acaso más aflictiva, la del miedo a la soledad. Maxwell no incurre en truculencias folletinescas (aunque en algún momento Lymie trate de suicidarse cortándose la garganta, como el propio Maxwell intentó hacer mientras estudiaba en la universidad); su propósito es de otra índole: aspira a narrarnos el derrumbamiento de las ilusiones que sostienen nuestra vida, la pérdida de la ingenuidad, el tránsito angustioso hacia una edad de la que han desertado las certezas.

El propio Maxwell reconoció en su vejez que La hoja plegada posee una inspiración autobiográfica; también alertó contra las lecturas reduccionistas que trataran de colgarle a su novela el remoquete de gay. Y es que Maxwell escribió un libro sobre algo que todos los hombres sabemos y casi ninguno reconoce: al fondo de nuestra vida, allá donde fuimos niños o jóvenes con miedo a crecer, hemos amado -más que a ninguna mujer- a otro hombre.

ABC