La prensa dice

12 ene
2006

Amor, coraje, ilusión, por Sergi Sánchez

Del barro de la mediocridad pueden extraerse joyas de infinitos quilates, seguramente porque la mediocridad es más misteriosa que la virtud y tal vez porque casi siempre es menos mediocre de lo que aparenta. Detrás de ella, viene a decirnos el estadounidense Edward Lewis Wallant (New Haven, Connecticut, 1926 - Nueva York, 1962) en este precioso descubrimiento titulado Los inquilinos de Moonbloom, hay un montón de ruinas que esconden sentimientos auténticos que nada tienen que ver con el color gris.

Si 13 Rue del Percebe demostró a toda una generación de lectores de tebeos que valía la pena quitarle la piel a un edificio para explotar su caricatura, Wallant exprime su mirada realista para diseccionar a todo un catálogo de criaturas extrañas pero próximas que viven en el degradado Nueva York de los años 50, alejadas de las sonrisas impostadas de la ámerica de Dwight D. Eisenhower. A las pocas páginas, el lector nota que la mediocridad es sólo desesperanza y que la voz cantante del protagonista, Norman Moonbloom, administrador a la fuerza que tiene la sensación de haber perdido el tren de su realización personal, encuentra su lugar en el mundo a través de los problemas domésticos y confesiones verdaderas de sus inquilinos.

Wallant parece darle un nuevo significado al concepto realismo, porque sus descripciones son tan musculosas y están tan llenas de color ("Wung estaba como un reptil, la piel verdosa, los ojos alargados, caídos, frenéticos, como si se percatase de su descenso a un lugar en el que ya no iba a poder respirar") que elevan lo que se ve -vidas tan desconchadas como las paredes que las albergan- a la categoría de lo sublime. Lo sublime proviene, según el autor de El prestamista (1961), de nuestra conexión con la realidad: es allí, pues, donde está la verdad que todos buscamos, y el camino hacia ella pasa por escuchar las historias que nos rodean, atender al ruido de fondo, reconocerlo como nuestro y entender lo que nos dice de nosotros mismos.

En este sentido, Los inquilinos de Moonbloom es una novela de iniciación cuyo tono moral nunca enturbia sus hallazgos formales ni suaviza la sarcástica agilidad de su prosa, tan cercana a la de J. D. Salinger. Al contrario, el protagonista, álter ego del autor, crece como persona a medida que los personajes que le acosan y le afectan crecen en humanidad. Así las cosas, el sendero de purificación de su espíritu termina con una revelación tan simple como lógica. La vida no es "amor, coraje y desilusión": sólo cambiando una palabra, despreciando un prefijo, habremos entendido su sentido. únicamente queda aplaudir la recuperación de esta novela abandonada por el tiempo y la edición española, así como lamentar el futuro truncado de este excelente escritor que murió a los 36 años a causa de un aneurisma. A veces la vida es, también, muy absurda.

El Periódico - Libros