La prensa dice

15 nov
2008

Adiós, hasta mañana, por José Luis de Juan

William Maxwell, del que ahora se cumple el centenario de su nacimiento, profundizó en el oficio de escribir corrigiendo historias de autores como Cheever, Salinger o Updike para The New Yorker. Publicó varias novelas, ’Vinieron como golondrinas’ o ’La hoja plegada’, que le situaron entre los narradores naturalistas del Medio Oeste americano, pues nació en un pueblo de Illinois. Su tema principal es la memoria y cómo ella traza el discurso narrativo e incluso se convierte en el "mensaje" finalmente. En ’Adiós, hasta mañana’, Maxwell desmenuza recuerdos e impresiones de la infancia mediante el hilo conductor de un hecho escandaloso y sangriento que sucedió en la familia de uno de sus compañeros de escuela. La amistad entre dos granjeros vecinos se convierte en tragedia cuando uno de ellos se enamora de la esposa del otro. El episodio pasará por las turbulencias de una doble ruptura, acabando en un disparo y el suicidio del homicida, el padre de Cletus, amigo silencioso del narrador. Estos hechos romperán la relación adolescente, fugaz y seminal. Cletus desaparecerá marcado por un destino terrible que lo hermana con el destino también funesto del protagonista, que perdió a su madre cuando era niño. Pero lo que interesa a Maxwell es que el joven que él fue no supo estar a la altura de las circunstancias cuando después en el pasillo del instituto se cruzó con Cletus y lo ignoró. Esta culpa -tan simple, tan humana- es el motor del relato. Maxwell hace suya, aunque sólo sea como estrategia, aquella máxima de Levinas de escribir para ganar el perdón. El de uno mismo, se entiende. El resultado es una novela breve, original e intensa, a la par que extraña. El autor juega con la biografía (que ocupa los tres mejores capítulos), la crónica de sucesos y la ficción. Estos tres elementos (el último predomina al final, bajo la advertencia del autor de que los recuerdos escritos están trufados de mentiras) se combinan con naturalidad y ligereza, huyendo siempre del melodrama y el énfasis. La narración fluye en consonancia con la vívida atmósfera del escenario: los campos de la llanura, el duro trabajo de las granjas, la vida chismosa de las pequeñas poblaciones, el alma tenebrosa de los adultos y la frágil conciencia de los adolescentes. Incluso un perro o una hormiga y los objetos inertes (la casa en construcción, que Maxwell relaciona con una conocida obra de Giacometti) tienen su pequeña voz en esta novela, que deja flotando una suave inquietud en el lector, así como la resonancia de haber entrado en un mundo suspendido donde "lo hecho puede deshacerse".
El País