La prensa dice

7 jul
2007

A favor de la superficialidad, por Manuel Arranz

¿Qué les parecería el tema de una adolescente casi una niña casada por su familia con un sesentón adinerado que prácticamente la viola la noche de bodas y ella se jura a sí misma asesinarle? ¿Trillado, verdad? ¿Y dos amigos, un hombre y una mujer por supuesto, que se encuentran un día por casualidad después de muchos años, y ella le cuenta la historia de la niña, pues era naturalmente su abuela, su tía abuela para ser exactos, mientras desempolvan recuerdos entre los que abundan, cómo no, las cartas y las fotografías? ¿Más trillado todavía, verdad? Sí, estoy de acuerdo. ¿Y que a uno de los personajes se le meta entre ceja y ceja reconstruir la historia, viaje a los lugares por donde transcurrió cincuenta años atrás y se entreviste con los supervivientes? Bueno, esto ya es el colmo. Vamos, trillado al cubo. En una ocasión, se me ocurrió decir que el tema era lo de menos, y un eminente crítico, novelista él mismo de rocambolescos temas para más señas, puso el grito en el cielo. Yo lo había leído en Chéjov: «Si usted quiere, mañana mismo le traigo un relato sobre este cenicero», se cuenta que dijo en una ocasión a propósito de la supuesta importancia de los temas, posiblemente la anécdota se encuentre en el precioso libro de Janet Malcolm, Leyendo a Chéjov (Alba, 2004). Y Chéjov, lo demostró con creces, tenía razón. Pero yo me había olvidado de la anécdota, y después de leer en la contraportada de este libro el argumento, lo había dejado con desdén en la mesilla de noche. Hasta que este fin de semana, para descansar de La Presencia del mito (un impagable ensayo, sobre el mito naturalmente, pero no sólo sobre el mito, dicho sea de paso) leo distraídamente las primeras páginas. Luego las segundas. Sigo con las terceras. Y así hasta el final del libro. Del mismo modo que hay novelas aparentemente profundas, las hay aparentemente superficiales. De esto muchas veces sólo nos damos cuenta a posteriori, cuando ya hemos olvidado lo profundo y recordamos en cambio lo superficial. La mesilla de noche, del escritor brasileño Edgard Telles Ribeiro, es de la segunda clase, una novela aparentemente superficial, y deliciosa por lo demás, en la que el argumento, como en las grandes novelas, no es más que eso, un argumento, un pretexto, la arquitectura, la fábrica de la novela. Una novela además que sabe despertar la curiosidad del lector y mantener el interés hasta el final, y eso a pesar de conocer el final, vamos, como la vida misma. Porque a los lectores de novelas, nos suenan ya casi todos los motivos, pero sabemos apreciar las variaciones, y sobre todo algunas inolvidables interpretaciones. Seguramente la dificultad estriba, como dice precisamente uno de los personajes de la novela, en encontrar el tono adecuado: «Hay historias que se cuentan, se escuchan y viajan en tu interior, pero hay otras en las que, sin perder el hilo, uno mismo se queda fuera». Posiblemente esto dependa también de que encuentren algún eco en nosotros, de que nos suene la melodía, de que la hayamos interpretado, no importa con cuanta torpeza o vir tuosismo, alguna vez. Y en cuanto a lo de perder el hilo, es curioso lo fácilmente que lo perdemos cuando se trata del hilo de nuestra propia historia. Y ahora que lo pienso, tal vez en la distinción entre novelas superficiales y profundas haya un tremendo error redundans, y las mejores novelas de todos los tiempos hayan sido precisamente las superficiales. Y ya les digo, qué importa si el argumento está trillado. ¡Cuánto más trillado, mejor!
Posdata (Levante-EMV)