La prensa dice

12 nov
2005

13, Rue de Manhattan, por Juan Manuel de Prada

En su declaración de intenciones editoriales, los responsables de Libros del Asteroide proclaman su pretensión de «escapar de las órbitas más transitadas y servir de guía a quien quiera atreverse a otear el firmamento literario por su propia cuenta». Tras un debut más que promisorio, con títulos de Nancy Mitford y A. J. A. Symons, Libros del Asteroide insiste en su vocación de rescate de autores que, por razones ajenas a sus méritos, no han logrado ingresar en los repertorios canónicos. Le toca ahora el turno en esta misión mercedaria a Edgard Lewis Wallant (1926-1962), un escritor americano de ascendencia judía cuya muerte prematura lo privó de figurar entre los más descollantes de su generación, esa generación surgida tras la II Guerra Mundial que incorpora a su elenco nombres tan prestigiosos como los de Bellow, Mailer o Philip Roth. Wallant, que no estrenó las imprentas hasta ingresar en la treintena, desplegó en unos pocos años una actividad literaria frenética, lindante con la grafomanía, que un aneurisma segaría bruscamente. Como testimonio de su breve tránsito por la tierra, nos quedan cuatro novelas (dos de ellas publicadas póstumamente), entre las que merece ser destacada El prestamista, sobre la tortuosa existencia de un judío sobreviviente al horror de los campos de concentración nazi, convertida por Sidney Lumet en una vigorosa película.

Un estreno tardío. Ninguna de estas novelas había sido antes difundida, por desgracia, entre los lectores españoles. Los inquilinos de Moonbloom se convierte, pues, en el estreno tardío de un escritor ignoto por estos pagos, un ectoplasma a quien el documentado e iluminador prólogo de Rodrigo Fresán consigue otorgar corporeidad. Los personajes de Wallant, nos refiere Fresán, son siempre hombres desalentados «en busca de algún signo que los permita redimirse o reinventarse»; éste es el caso, desde luego, de Norman Moonbloom, un agente inmobiliario encargado por su tiránico hermano Irwin, propietario de la agencia, de recaudar las rentas entre los inquilinos de unos edificios de apartamentos en el West Side. Norman es un hombre todavía joven, pero desgastado por la soledad y una suerte de resignado desencanto: «Su soledad -escribe Wallant- era ahora fruto de su metabolismo, esa constante respiración de alegría entrante y de tristeza saliente. Poco a poco había comenzado a respirar de un modo más superficial, y las dos se habían fundido misericordiosamente en un melancólico contento». Este «melancólico contento» o tranquila tristeza que emborrona la existencia del protagonista se tiñe de una discreta comicidad cuando visita a los arrendatarios de su hermano, para cobrarles la renta y escuchar de paso sus quejas y confidencias, su alud de palabras desquiciadas, patéticas, exultantes o compungidas. Sin pretenderlo, Norman se convierte en una suerte de confesor renuente de esos arrendatarios casi siempre pintorescos, casi siempre vehementes e indiscretos, dolorosa y ferozmente humanos. En el bosquejo abigarrado de esas vidas pilladas al desgaire, en el trazo expresionista y piadoso de sus etopeyas, en ese carrusel de rasgos vívidos y conmovedores, Wallant se revela como un humanista de ley en el sentido dickensiano de la palabra, capaz de sortear los riesgos del costumbrismo a través de una escritura que a veces adquiere una textura cuasiteatral, sobre todo cuando los inquilinos se enzarzan en sus soliloquios.

Fantasma huidizo. Casi sin darse cuenta, algo se removerá dentro de Norman (¿el tímido anhelo de una redención?), obligándolo a hacer suyas las quejas de los inquilinos. Wallant ha completado una novela triste sin desesperación, aliviada por el fantasma huidizo de la esperanza, veteada de un humor que no se deja despeñar por los andurriales de la bufonería. El lector entabla una empatía inmediata con los personajes de Wallant, habitantes de un purgatorio urbano de olores acres, tuberías obstruidas, iluminación rácana y paredes que se caen de puro viejas; como a Norman, lo sacude el deseo impremeditado de mejorar sus vidas, transformándose a sí mismo en alguien distinto. Ese momento epifánico en el que Norman decide despojarse del hombre viejo, para espantar ese «melancólico contento» que amuebla su tedio, ejerce -más allá de sus ribetes mesiánicos- un efecto benéfico sobre el lector. De un modo misterioso, la metamorfosis de Moonbloom parece habérsenos contagiado; quizá en estos vislumbres de empatía se resuma el encanto de un libro injustamente preterido.

JUAN MANUEL DE PRADA

ABC